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miércoles, 26 de mayo de 2010

No woman no cry

No recordaba un dolor ni un llanto tan perennes. Hoy sólo quiero dejar que esta hiel me cubra y me duerma hasta tu regreso, dejarme devorar por las lágrimas y que me rasgue el tiempo como la voz de Janis y su Mercedes Benz. Hoy sólo quiero dejar que la vida me pase los días anegando el rostro y encogiéndo mis ojos hasta que desaparezca todo rastro de humanidad en mí, todo lo que fui, lo que soy, lo que esperaba ser... hoy me he rendido y dejaré que me arrastre la vida por el camino como si me hubiera caído del caballo y las bridas me arrastraran sin remedio.
Pero una palabra tuya bastará para salvarme.

lunes, 10 de mayo de 2010

La pesadilla del donjuán

(I) Cuando despertó, ella seguía allí.
(II) Sintió como sus pestañas estaban adheridas a él.
(III) La madrugada diluida entre los pliegues de su ropa.
(IV) El último acorde de la noche vibrando en el aire.
(V) La soledad remolona en sus párpados de sombras.
(VI) El silencio quebrado pesando en las sábanas.
(VII) Un suspiro perdido en la madrugada voraz.
(VIII) Los rayos acariciendo playas desnudas.

lunes, 5 de abril de 2010

PARAFILIAS Y LITERATURA

El enlace del proyecto:


http://librosvagamundos.blogspot.com/2010/02/participa-en-nuestro-proximo-libro.html



El enlace de mi pequeña aportación:

http://parafiliasilustradas.blogspot.com/2010/04/i.html

domingo, 10 de enero de 2010

ESTA TARDE AUSENTE DE...

Hay días en las que la soledad y la desdicha calan en mis pestañas y su rocío se pega a mis párpados cerrando mis sonrisas. Antes creía que para siempre, ahora sé que puedo refugiarme en tus brazos. Pero en estos momentos, ahora que no estás y que de nuevo me enfrento a la soledad yo sola, que el papel en blanco me mira rencoroso con ese resquemor de enemigo, ahora es cuando me duelen las heridas de un pasado que a veces no reconozco.
Y es ahora cuando se me pegan, cuando me pegan las alas al cuerpo, atadas a unas raíces demasiado fuertes para que esta niña pueda soltárselas de los pies, desligar los cordones que me sostienen y desestabilizarme la tristeza para qye caiga con su peso, con sus muertos y con su hiel que ahonda en mis pupilas y me hace ver sombras entre la luz.
Bob, Bob Marley me susurra desde una guitarra con palmas, acordes suaves para una tarde en la que la melancolía me acaricia las entrañas sin rasgarme el cuerpo en su empeño de río y manantial que vuelve al origen.
"Everything is gonna be alright"... no sé si creerte. No sé si creeros. No sé si creerme que esto no es un sueño.

domingo, 3 de enero de 2010

NO-NAMED

Llevaba tantos años soñando que existías sin ponerte un nombre fijo. Vi tus ojos en mil colores como si el mundo se hubiera derretido en mis pupilas y sentí las caricias más diversas entre cada una de las capas de mi cuerpo.
Con el tiempo, perdí la esperanza de tu llegada. Quedaron los sueños y se fue la ilusión aunque aún me restaban besos que probar en mi boca. Pero ninguna de las personas que pasaron por mis versos lograron retenerme a su lado, ninguna quiso quedarse al despuntar el día.
Ahora, ahora que al despertar te veo abrazado a mi espalda. Ahora que abro los ojos y me veo nadando en tu sonrisa, en tu mirada, sosteniéndome quebradiza en tus largas pestañas...
Ahora te miro, incluso cuando cierro los ojos no te tengo, y pienso que nunca creí que se pudiera soñar despierto.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

19 días y 500...

Hemos recorrido verdes que no ha visto nadie, dormido entrelazados en cualquier rincón, soñado que viajamos entre antiguos autos, compartido tanto tiempo en tan poco espacio... nos hemos hecho el uno al otro sin saber cómo ni cuándo. Nos hemos construido atardeceres, compartido recuerdos que hemos hecho nuestros... hemos descubierto que un nosotros se esconde en un beso, en un dormir casi a la intemperie, en buscarle la sonrisa al día a día y en no cansarnos el uno del otro...
En 19 días se nos ha hecho el mundo... y nunca nada pudo ser más perfecto.
Por tantas horas, por las que espero que nos queden por compartir: gracias.

martes, 17 de noviembre de 2009

El telar de Penélope

Estoy cansada. Cansada de tanto Ulises y tanto extravío, de pretendientes que me comen con palabras pero nunca dan un paso, de hijos que se quedan mudos o se marchan, cansada de esta soledad inquieta.
Soledad que me anida en el alma y que se acrecienta con la espera.
Estoy harta de esperar y dejarme los dedos en trazar una historia que no me responde y unos sueños que jamás se cumplirán.
Perdida en mi alcoba de noches y cadencias espero aletargada la muerte, el silencio o tu nombre.
Aquí, sentada, cansada, tediosa, de la espera, del tiempo, de la soledad, del miedo... aquí, a mi pesar, aún te espero.

LA PESADILLA DEL DONJUÁN

Basado en el microrrelato de A. Monterroso.

Y cuando despertó, ella todavía estaba allí.

sábado, 31 de octubre de 2009

PODER RUSO EN LOGROÑO

Chicas, hermanas, rusas, poetas, como diría Barry Louis Polisar:
If you were an ocean I'd learn to float.

Era una mañana calurosa y ajetreada en Logroño, y las Rusas, mis Rusas hermanas llegaban rayando el mediodía. Ya vestida con mi "disfraz" de persona elegante fui a recogerlas, primero a Rut, que llegaba en un Asla seminuevo, y más tarde a Clara que venía en el Talgo.
De la estación de tren fuimos rápidamente (gracias a la generosidad de Borja y a su coche) al piso donde pasaríamos la noche.
Ya que eran las 16:30 y la calle Laurel estaba cerrada comimos en el piso, canelones varios y coca-cola. Con el aire y el sol entrando por el balcón abierto. Poniéndonos al día de nuestros, como Clara llamó a los suyos, microamores.
De ahí, a La Gota de Leche, donde imprimimos los poemas de Clara y al Noche y Día a tomarnos la caña de antes del recital.
Hablamos, recitaron, aplaudieron, dejaron al auditorio boquiabierto y nos enseñaron, entre otras cosas, que los aromas nos muestran de las personas más de lo que creemos, que una sensación puede resumirse en tres versos, un manual para principiantes y nuevas técnicas de amar.
Cuando terminó me las llevé corriendo al Ateneo donde presenté los cortos de los chicos de Teatreros.net y "La jetée" de Manuel, del Cineclub Elarrebato.
Y cuando terminó, después de tantos nervios y tantos miedos a que no saliera, nos fuimos a cenar. Allí, entre risas, cambios de mesas y un nuevo acercamiento de Clara al arroz con leche, seguimos nuestra conversación. Luego salimos hacia la calle Laurel donde encontramos a una antigua degenerada, Elena Mahave, y a algunos de mis amigos tomando vinos. Ellos nos llevaron a un Pub (eso afirmaba su cartel) y allí cantamos en un karaoke (bellos recuerdos de una Irlanda que ya queda lejos) y, como mis Rusas no se encontraban demasiado bien nos fuimos a casa a dormir, o a intentarlo ya que tras de la puerta de nuestro cuerto surgieron cabezas y más cabezas de amigos hasta que, por fin, todos se fueron, unos a sus casas, otros de fiesta.
Sin embargo, aún permanecimos un rato hablando, riéndonos, dejando que el tiempo, la noche y el sueño nos envolviera despacio.
Esta mañana, al despertarnos quedaba el desayuno, los rezagados que decidieron dormir también en casa y hacer las maletas de la mejor manera posible.
Y luego, al fin la Laurel, los pinchos, la tranquilidad, la luz hiriendo los ojos, la poesía todavía en los labios, las prisas por no perder el regreso y el adiós.
El quedarme sola en la estación después de despedir a Rut. El no creerme aún que se hayan ido y que no sé cuándo las volveré a ver de nuevo.
Las palabras, sobre todo aquella tan repetida estas escasas 24 horas, y esa traducción tan improvisada al inglés. Y todos los momentos que me habéis regalado. Todos los abrazos, los besos, los miles de gracias...
y todas las sonrisas que os debo y que nunca podré pagaros.

Gracias a todos los que lo habéis hecho posible. Gracias chicas por escribir. Por ser. Por quererme. Por dejarme quereros.

jueves, 24 de septiembre de 2009

LA NIÑA LOCA en La Fanzine

http://lafanzine.blogspot.com/2009/09/la-nina-loca-nerea-fernandez-rodriguez.html

sábado, 5 de septiembre de 2009

LAST NIGHT

Eres un beso en la aurora, la brisa en el cuello desnudo, tu voz son las hojas del bosque cantando, el río y su cascabeleo.
Eres un rayo argental de la luna, un atisbo de un sueño, sombra quebradiza de un suspiro.
Ahora sólo eres un paso en el tiempo pero un día serás la playa de alguna isla.

viernes, 19 de junio de 2009

QUINCE EN UN SEGUNDO

Las luces dormidas y ebrias caían sobre la ventana abierta. Y, desde otra, una luz tenue y carmesí lanzaba suaves destellos hacia el edificio de una institución pública. El jolgorio se respiraba en las calles de aquella ciudad violeta de sueños entre sombras de historia y efluvios de un dios antiguo de nariz y mejillas sonrosadas.
Dentro, en una habitación de tonos celestes, un grupo de jóvenes brindaba por la vida mientras unos gastados naipes, sucios y trabajados inundaban la mesa entre las botellas y algunos charcos de alcohol.
En el cuarto contiguo otro pequeño grupo empleaba las horas en emular a grandes músicos de rock frente al televisor.
Sonó el timbre y uno de ellos se levantó. Se produjo el usual intercambio. “¿Quién es?... Ahora te abro”. Pulso el interruptor de la puerta de abajo y dejó entreabierta la de arriba. Al poco, una luz. Pasos. Risas. El portón que se abre. Diez cabezas que guardan silencio y observan curiosas.
Un día más en la vida.

miércoles, 17 de junio de 2009

DE ANDENES Y ESPERAS


No te adentras en las arenas de mis playas, quizás temiendo hundirte en el abismo de mi locura; y huyes de los árboles que roncos brillan en mis pupilas.
Quiero salir hoy bajo la lluvia a dnazarle al viento y que tú bailes conmigo, y volver a un portal empapados, rezumando fuego en los dedos, y dejar de sentirme por adentrarme en tus labios.
Pero tú miras mi boca, observas y te marchas. "Es muy guapa tu amiga". "Es muy guapo tu amigo". "Qué bonita está hoy la noche"
...
Minucias. Discusiones sin contorno. Preferirás la lluvia antes que arriesgarte a traspasar mis puertas.
Y bajo la Luna que me observa pienso un "puestútelopierdes" que se desvanece en cuanto asoma el primer cristal clavado en la memoria.
"Puestútelopierdespuestútelopierdespues...tú...te...lo-o..."
Volviendo a casa. Sola. Una simple niña, tan pequeña como un grano de arroz, se desmenuza por las calles. Un par de silbidos a sus espaldas y proposiciones indecentes a altas horas.
Sola, la diminuta niña se lamenta no haber dado el paso, caerse en tus labios y esperar a que tú la rescates.
Las manos en los bolsillos. Las zapatillas caladas. Llanto en el alma. Las alas ocultas. Esperando, siempre esperando a que te ofrezcas a acompañarla y, como a Caronte, pagarte de alguna forma, el viaje, las molestias y la compañía.

sábado, 13 de junio de 2009

JUST THE WAY YOU LOOK TONIGHT (II)


-Quiero que me dejes dormir las mañanas en tus pupilas. Y soñar que estamos en primavera y llueve a cántaros y decirte "vaya, tendremos que quedarnos en casa de nuevo" y acurrucarnos en el sofá como los niños. Quiero apoyarme en tu vientre y sentir un latido en mi pecho. Y salir a pisar los charcos con botas de agua. Subirnos al último rincón del mundo y gritar que somos felices. Quiero que tus manos sostengan mis miedos y dedicar mi vida a devolverte cada uno de los momentos que estuviste a mi lado.
-... tengo frío...
-No... déjame recompensarte por la vida que me has dado. Aún no te vayas...

SUEÑOS


Soñé que cerraba los ojos y no era un sueño lo que veía. Soñé con tus ojos, con tus manos, tus caricias y nuestros besos. Soñé que éramos. Y dormí creyendo en el mañana. Y que abría los ojos y aún seguías a mi lado. Que después de tantos eras tú. Que eras tú y te quedabas conmigo, yque no volvía a temer la soledad ni la noche. Que me adentraba en lo desconocido sin miedo porque tu mano sostenía la mía.
Soñé y, qué estúpida, realmente creí que existías.

lunes, 2 de marzo de 2009

DIES LUNAE

Este es un lunes cualquiera de noches oscuras y neblinosas en mi cabeza, un lunes de sueños entre las pestañas, de esos días dormidos que pesan al alma e impiden la poesía y la ilusión.
Hoy es un lunes vacío y gris, con una lluvia que no me calma ni apaga mi sed de algo que busco y aún no entiendo.

Hoy es lunes, pero podría ser cualquer otro día (estúpida manía la del hombre, que trata de apoderarse del tiempo con nombres) porque mi alma siente un vacío que no se corresponde con una denominación, un vacío del que no tiene culpa la Luna (compañera de tanta tristezas y alegrías), del que quizás yo misma tampoco sea culpable, quién sabe, pero siempre es mejor echarle la culpa a otro, y si es lgo que no pueda defenderse mejor, ¿no es así?

Hoy es hoy, nadie sabe si mañana se apartarán las nubes (nunca me he fiado de las predicciones, ni siquiera de las meteorológicas) y poco le importan al mundo mis penas.
Tan sólo pienso: "aprieta los dientes y sigue adelante".

¿Que hoy es lunes? Pues aprovecha la Luna para contar cuentos y bailar como Lady Godiva bajo su argental luz etérea, que ya se irán las funestas nubes y regresará la lluvia que eleva los labios y llena el alma.

miércoles, 25 de febrero de 2009

WHO AM I (II)

No quiero extederme en vanas explicaciones ni en palabras que no me lleven a ninguna parte. Soy de los que, inconsientemente (o así lo espero), alejan de sí cuanto aman porque saben que son como el fluido tóxico que destruye cuanto toca.
Prefiero convivir con mi propia soledad y mis tristezas antes de torturar y asesinar cuanto amo.
Soy una oscura sombra que se alimenta de las tristezas y te sume en el vacío, soy como una nueva generación de un extraño vampiro, asorbo sin que te des cuenta tu alegría y vuelvo gris tu mundo para que el mío tenga color por unas horas, aléjate, aléjate, insensato, vete antes de que quieras conocerme y sea demasiado tarde para los dos.

martes, 24 de febrero de 2009

WHO AM I (I)

Leyendo "Los 100 golpes" pienso en mi propia existenia, vacía y completa de nostalgias y melancolías cuya razón desconocía hasta hace casi un año.
Y en mi propio ser, a veces tan distinto a los demás pero tan parecido. Y, sin embargo, a pesar de las semejanzas, me encuentro única de un forma que no me ofrece una visión positiva, como la niña separada del Hogar antes de poder concerlo.
Creo que soy una de esas personas, solitarias y huidizas, de alma rasgada y tormentosa, que no logran concienciarse con el mundo, pero que lo necesitan para subsistir sin recaer en la locura. Sin embargo, somos seres intranquilos, soñadores, hipersensibles, dolidos, heridos y pasionales, con una calma tormentosa en las entrañas que se desliza como un veneno a través de nuestro cuerpo y termina por inundarnos de sed de una perfección que nunca alcanzaremos. Seremos sombras del fantasma que fuimos, de aquella ilusión que se desvanece con el paso del tiempo y se diluye entre las volutas de humo de un club cualquiera, o entre el aire enrarecido de un dormitorio aagado de vida.
Somos la sombra que camina entre las calles, furiosa y radiante, buscando la forma exacta de algo que desconocemos, una búsqueda infructuosa que nos marchita poco a poco, nos vuelve malhumorados, asociales,terriblemente irritables y excéntricos, solitarios y perdidos en un mundo que no tiene la obligación de intentar comprender nuestro pesar porque tampoco nos improta, o al menos así (nos) parece, el de los demás. Tan sólo dejarnos llevar por una fuerza que nos impulsa hacia un paso más, adelante o atrás, al abismo o a la cuneta, pero siempre en movimiento, para que el frío y el dolor nos permita sentirnos vivos. Algunos tratarán de evadirse de este dolor por medio de drogas, alcohol u otras sustancias, otros, soportarán el dolor y tratarán de servirse de él. Pero el final es para todos el mismo, un muerte vacía con la esperanza en las pupilas de encontrar algo más que olvido y nada al otro lado.

lunes, 26 de enero de 2009

UN SUSPIRO ENTRE MIS LABIOS


Después de buscar, entre cientos de bocas, ese aroma a amarga dulzura, esa infancia perdida y el nacimiento de una flor nueva, al fin lo he encontrado entre mis labios.

Un perfume a naranja fresca, un recuerdo de los caramelos que de niña paladeaba hasta su extinción, ese punto ácido de una naranja verde, el querer más, una caricia en la boca, pasar mi lengua por la piel, tranquila, sin que exista el tiempo que me agote la calma.

Entre mis labios he encontrado lo que buscaba y no sé si alegrarme o derramar una lágrima. Tanto descubrimiento me desconcierta... quizás tras la calma arrecie aún más fuerte la tormenta.

lunes, 19 de enero de 2009

POR EL 200 ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE UN GENIO


Al igual que ha hecho mi hermana rusa Clara y mi amiga Eva (cuyos enlaces os dejo a continuación), yo también quiero homenajearal genial EDGAR ALLAN POE en su 200 aniversario y, para ello, os dejo uno de mis cuentos favoritos de este autor: BERENICE





Berenice


Dicebant mihi sodales,

si sepulchrum amicae visitarem,

curas meas aliquantulum fore levatas.
Ebnaiat



La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.

Mi nombre de pila es Egaeus; no mencionaré mi apellido. Sin embargo, no hay en mi país torres más venerables que mi melancólica y gris heredad. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios, y en muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la peculiarísima naturaleza de sus libros, hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia.

Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con este aposento y con sus volúmenes, de los cuales no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es simplemente ocioso decir que no había vivido antes, que el alma no tiene una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos el punto. Yo estoy convencido, pero no trato de convencer. Hay, sin embargo, un recuerdo de formas aéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales, aunque tristes, un recuerdo que no será excluido, una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, insegura, y como una sombra también en la imposibilidad de librarme de ella mientras brille el sol de mi razón.

En ese aposento nací. Al despertar de improviso de la larga noche de eso que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y la erudición monásticos, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y disipara mi juventud en ensoñaciones; pero sí es raro que transcurrieran los años y el cenit de la virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres; sí, es asombrosa la paralización que subyugó las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión total que se produjo en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades terrenales me afectaban como visiones, y sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños se tornaron, en cambio, no en pasto de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi sola y entera existencia.


Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre... ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo, fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada.

La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como el simún, y mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la reconocía como Berenice.

Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por la primera y fatal, que ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, debe mencionarse como la más afligente y obstinada una especie de epilepsia que terminaba no rara vez en catalepsia, estado muy semejante a la disolución efectiva y de la cual su manera de recobrarse era, en muchos casos, brusca y repentina. Entretanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no debo darle otro nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía rápidamente, asumiendo, por último, un carácter monomaniaco de una especie nueva y extraordinaria, que ganaba cada vez más vigor y, al fin, obtuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así debo llamarla, consistía en una irritabilidad morbosa de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no se me entienda; pero temo, en verdad, que no haya manera posible de proporcionar a la inteligencia del lector corriente una idea adecuada de esa nerviosa intensidad del interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no emplear términos técnicos) actuaban y se sumían en la contemplación de los objetos del universo, aun de los más comunes.

Reflexionar largas horas, infatigable, con la atención clavada en alguna nota trivial, al margen de un libro o en su tipografía; pasar la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme durante toda una noche en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente alguna palabra común hasta que el sonido, por obra de la frecuente repetición, dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perder todo sentido de movimiento o de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada; tales eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, no único, por cierto, pero sí capaz de desafiar todo análisis o explicación.

Mas no se me entienda mal. La excesiva, intensa y mórbida atención así excitada por objetos triviales en sí mismos no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común a todos los hombres, y que se da especialmente en las personas de imaginación ardiente. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, un estado agudo o una exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado en un objeto habitualmente no trivial, lo pierde de vista poco a poco en una multitud de deducciones y sugerencias que de él proceden, hasta que, al final de un ensueño colmado a menudo de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece en un completo olvido. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque asumiera, a través del intermedio de mi visión perturbada, una importancia refleja, irreal. Pocas deducciones, si es que aparecía alguna, surgían, y esas pocas retornaban tercamente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran placenteras, y al cabo del ensueño, la primera causa, lejos de estar fuera de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo dominante del mal. En una palabra: las facultades mentales más ejercidas en mi caso eran, como ya lo he dicho, las de la atención, mientras en el soñador son las de la especulación.

Mis libros, en esa época, si no servían en realidad para irritar el trastorno, participaban ampliamente, como se comprenderá, por su naturaleza imaginativa e inconexa, de las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio De Amplitudine Beati Regni dei, la gran obra de San Agustín La ciudad de Dios, y la de Tertuliano, De Carne Christi, cuya paradójica sentencia: Mortuus est Dei filius; credibili est quia ineptum est: et sepultus resurrexit; certum est quia impossibili est, ocupó mi tiempo íntegro durante muchas semanas de laboriosa e inútil investigación.
Se verá, pues, que, arrancada de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón semejaba a ese risco marino del cual habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la feroz furia de las aguas y los vientos, pero temblaba al contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador descuidado pueda parecer fuera de duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desventurada enfermedad me brindaría muchos objetos para el ejercicio de esa intensa y anormal meditación, cuya naturaleza me ha costado cierto trabajo explicar, en modo alguno era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, su calamidad me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos medios por los cuales había llegado a producirse una revolución tan súbita y extraña. Pero estas reflexiones no participaban de la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran semejantes a las que, en similares circunstancias, podían presentarse en el común de los hombres. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se gozaba en los cambios menos importantes, pero más llamativos, operados en la constitución física de Berenice, en la singular y espantosa distorsión de su identidad personal.

En los días más brillantes de su belleza incomparable, seguramente no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos en mí nunca venían del corazón, y las pasiones siempre venían de la inteligencia. A través del alba gris, en las sombras entrelazadas del bosque a mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche, su imagen había flotado ante mis ojos y yo la había visto, no como una Berenice viva, palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, terrenal, sino como su abstracción; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como el tema de una especulación tan abstrusa cuanto inconexa. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado largo tiempo, y, en un mal momento, le hablé de matrimonio.

Y al fin se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno -en uno de estos días intempestivamente cálidos, serenos y brumosos que son la nodriza de la hermosa Alción-, me senté, creyéndome solo, en el gabinete interior de la biblioteca. Pero alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice.

¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y yo por nada del mundo hubiera sido capaz de pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma y, reclinándome en el asiento, permanecí un instante sin respirar, inmóvil, con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio del ser primitivo asomaba en una sola línea del contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro.

La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello de azabache caía parcialmente sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, ahora de un rubio reluciente, que por su matiz fantástico discordaban por completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas, y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la cambiada Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Ojalá nunca los hubiera visto o, después de verlos, hubiese muerto!

El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes!

Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el momento mismo en que habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino toda la furia de mi monomanía y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos los diferentes intereses se absorbieron en una sola contemplación. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los observé a todas las luces. Les hice adoptar todas las actitudes. Examiné sus características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación. Reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en imaginación un poder sensible y consciente, y aun, sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía con la mayor seriedad que toutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste fue el insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón.

Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había tenido un acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.

Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero del melancólico periodo intermedio no tenía conocimiento real o, por lo menos, definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más horrible por lo vago, terror más terrible por su ambigüedad. Era una página atroz en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento me respondieron: ¿Qué era?

En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una cajita. No tenía nada de notable, y la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que no merecían ser tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un libro y en una frase subrayaba: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas se me erizaron los cabellos y la sangre se congeló en mis venas?
Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de un salvaje grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido, cuando me habló, susurrando, de una tumba violada, de un cadáver desfigurado, sin mortaja y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.
Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: tenía manchas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había contra la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, y cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.


FIN